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Era una foto mía. Yo, con un delantal manchado de harina, sonriendo en la cocina de esta misma casa. Debajo, con letra infantil y marcador azul, se leía una sola palabra: «Mamá».
Me quedé quieta. Las manos me temblaban cuando desaté la cinta y levanté la tapa.
Adentro había más de una docena de tarjetas, cada una en su sobre. Las abrí una por una. «Feliz Día de la Madre, Rosa». «Feliz Día de la Madre, Mamá Rosa». «Feliz Día de la Madre, mamá». Había una por cada año desde que tenía ocho. Ninguna había sido entregada. En la última, escrita con letra firme, había solo una frase:
«Nunca me animé a dártela porque sentía que traicionaba a mi mamá. Pero tú fuiste la que estuvo.»
Debajo de las tarjetas había dos sobres más. En el primero, la caligrafía de Julián: «Para Camila. Para cuando estés lista». Estaba cerrado, sin abrir. El segundo tenía fecha de apenas dos semanas atrás y estaba dirigido a mí. Dentro había una hoja arrugada: