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—Es mi casa, Camila. Es el único lugar que tengo.
—¡Entonces véndela y múdate a un departamento!
Le dije que no. Le dije que podía quedarse a vivir conmigo todo el tiempo que quisiera, que la casa también era su hogar. Pero ella ya no escuchaba.
—¡Tú no eres mi verdadera madre! —me gritó, con los ojos llenos de rabia—. ¡No tienes derecho a nada!
Esas palabras me atravesaron como un cuchillo. Quince años de desvelos, de reuniones de padres, de cumpleaños con velitas, y ahora esto. Respiré hondo y le pedí que se marchara.
—Haz tu maleta. Hoy no vas a dormir aquí.
Salió de la sala dando un portazo y la oí llorar en su habitación. Pasó casi una hora. Cuando escuché que se encerraba en el baño, me levanté, todavía temblando, y fui a su cuarto para recoger lo que quedaba de sus cosas y dárselas yo misma.
La caja que estaba sobre el armario
Metí ropa en una bolsa casi sin mirar. Fue al estirarme para bajar un par de zapatos de lo alto del armario cuando la vi: una caja de zapatos vieja, atada con una cinta roja. En la tapa había una fotografía pegada con mucho cuidado.