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Mi hijastra me exigió vender la casa y me gritó que no era su verdadera madre, hasta que encontré la caja de zapatos
Mi esposo falleció después de veintiocho años de matrimonio y me dejó una pequeña casa. No era ninguna mansión: dos dormitorios, un patio con un limonero y paredes que habíamos pintado juntos, domingo tras domingo. Era todo lo que me quedaba de él y de nosotros.
Tres semanas después del entierro, mi hijastra Camila, de veintitrés años, apareció con una carpeta bajo el brazo y una exigencia: que vendiera la casa y le entregara la mitad del dinero.
«Tú no eres mi verdadera madre»
Camila había llegado a mi vida a los siete años, cuando murió su mamá. Era la hija de un error que Julián cometió al comienzo de nuestro matrimonio y que yo había perdonado hacía mucho tiempo. La crié como a una hija. Le curé las rodillas, le firmé los boletines, la esperé despierta cada vez que volvía tarde.
—Es la casa de mi papá —dijo, sin sentarse—. La mitad es mía.