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3. Los diuréticos
La furosemida, la hidroclorotiazida y la clortalidona hacen que los riñones eliminen más agua y sal. Son muy útiles para controlar la hipertensión o evitar que se acumule líquido en las piernas o los pulmones. El inconveniente es que, junto con el agua, se pueden perder potasio, sodio y magnesio, y el corazón necesita esos minerales en equilibrio para latir con normalidad. Si bajan demasiado pueden aparecer calambres, debilidad, mareos e incluso arritmias peligrosas.
Si además orinas muchísimo y bebes poco, puedes deshidratarte, y la presión puede caer lo suficiente como para afectar los riñones. Tomar un diurético no es motivo para dejarlo, pero sí para hacerte análisis de sangre periódicos y ajustar la dosis con tu médico.
4. Los antigripales con descongestionantes
Los productos que «destapan la nariz» suelen contener pseudoefedrina o fenilefrina. Estas sustancias cierran los pequeños vasos de la mucosa nasal y alivian la congestión, pero el efecto no se limita a la nariz: también pueden estrechar otros vasos del cuerpo, elevar la presión y obligar al corazón a latir más rápido. En una persona joven y sana quizá pase inadvertido; en alguien con hipertensión, arritmias o enfermedad cardíaca, o simplemente mayor de 60, puede ser un problema serio.
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