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Pero eso no significa que destruyan el músculo cardíaco. Cuando están bien indicadas, ocurre lo contrario: reducen el riesgo de que una arteria se obstruya y de que se produzca un infarto o un ACV. Tampoco todo el mundo necesita una; depende del nivel de colesterol, la edad y, sobre todo, del riesgo cardiovascular de cada persona. Si tienes molestias musculares, no la suspendas por tu cuenta: consulta, porque muchas veces basta con bajar la dosis o cambiar de estatina.
2. Las pastillas para dormir
Muchos productos de venta libre contienen difenhidramina, prometazina o doxilamina, sustancias que también aparecen en algunos antialérgicos. Además de dar sueño, pueden acelerar los latidos, causar mareos, visión borrosa y somnolencia al día siguiente. En adultos mayores el problema se agrava: pueden provocar bajadas bruscas de presión al ponerse de pie, con desmayos y caídas, sobre todo cuando se levantan de noche al baño.
Más preocupante aún es el uso nocturno y prolongado de sedantes de tipo antipsicótico (como la quetiapina, la olanzapina o la risperidona) solo para dormir. Están pensados para trastornos específicos y con seguimiento médico. Usados a diario durante meses o años pueden alterar el azúcar y las grasas en sangre, bajar la presión al levantarse y aumentar el riesgo cardiovascular. Si tomas algo cada noche para dormir, no lo cortes de golpe, pero conversa con tu médico para buscar la causa del insomnio y evaluar alternativas como la higiene del sueño, técnicas de respiración o infusiones suaves.
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