EL PODEROSO REMEDIO
En la cocina de nuestras abuelas, el perejil nunca faltaba. No era solo esa guarnición verde que se dejaba a un lado del plato. Era un remedio vivo, un pequeño boticario que crecía en una maceta junto a la ventana. Lo picaban finamente, lo masticaban después de las comidas o lo hervían en agua caliente, y sabían, sin necesidad de estudios científicos, que esa humilde ramita verde aportaba más beneficios para la salud que muchos jarabes de farmacia.
¿Por qué se veneraba tanto el perejil? Porque es un concentrado de nutrientes. Tiene más vitamina C que una naranja y más hierro que las espinacas. Pero lo que nuestras mayores realmente valoraban era su capacidad para aliviar la hinchazón abdominal, para facilitar esas pesadas indigestiones tan incómodas con la edad y para dar un respiro a los riñones, ayudando a eliminar líquidos de forma natural. También lo usaban para aliviar el dolor articular y para refrescar el aliento, porque sabían que un cuerpo sano por dentro se nota por fuera.
La sabiduría de la abuela no residía en la teoría, sino en la práctica. Sabían que el perejil no se toma a la ligera, que tiene su ciencia y su arte. Por eso, aquí comparto tres recetas que son un legado vivo de esa tradición:
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