Mi mamá está cerca de los 70 años y últimamente no deja de hablar de un alimento Para seguir recibiendo mis recetas, solo debes decir algo… Gracias

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Mi mamá está cerca de los 70 años y últimamente no deja de hablar de un alimento

Mi mamá está cerca de los 70 años y últimamente no deja de hablar de un alimento. La primera vez que lo mencionó, pensé que era una excentricidad más, de esas que aparecen con la edad y la abundancia de tiempo para navegar por internet. Pero cuando repitió el nombre al día siguiente, y luego al otro, y cuando vi sus ojos brillar con la misma intensidad con que hace décadas hablaba de sus plantas, supe que algo diferente estaba pasando.

No es que mi madre sea una persona crédula. Al contrario, es de esas mujeres que han visto suficiente vida como para desconfiar de las modas. Pero hay algo en este alimento que ha tocado una fibra sensible. Lo ha incorporado a su rutina con una disciplina que yo no le había visto desde que trabajaba. Todas las mañanas, una porción. Todas las noches, otra. Y cuando habla de él, lo hace con la convicción de quien ha encontrado una pieza que le faltaba en el rompecabezas de su salud.

El alimento en cuestión no es exótico ni costoso. Está en cualquier supermercado, y probablemente en muchas despensas. Quizás por eso me llamó tanto la atención: ¿cómo algo tan común podía generar tanta fascinación? Lo que he visto en mi madre es una relación renovada con su cuerpo. Se mueve con más soltura, duerme mejor, y su energía ha mejorado. No sé si es el alimento, el ritual de tomarlo o la ilusión de cuidarse. Probablemente es una combinación de todo.

He empezado a hacerle preguntas, y en sus respuestas hay una sabiduría que no esperaba. No habla de estudios ni de análisis químicos. Habla de cómo se siente. De cómo sus articulaciones le responden de manera distinta cuando incluye este alimento en su dieta. De cómo la digestión se ha vuelto más ligera. Son cambios sutiles, pero para quien vive con ellos, son transformaciones profundas.

Quizás el verdadero hallazgo no sea el alimento en sí, sino lo que representa para mi madre. Es una forma de tomar el control, de hacer algo activo por sí misma en una edad donde a veces la vida parece decidirse por uno. Es un recordatorio de que la autonomía sobre el propio bienestar no tiene fecha de caducidad.

Ahora, cuando hablamos, ella sigue mencionando el alimento, pero yo escucho de manera diferente. Escucho su entusiasmo, su curiosidad intacta, su negativa a aceptar que el paso del tiempo es solo pérdida. Y en esa insistencia, encuentro una lección que trasciende la nutrición: la capacidad de asombrarse y de cuidarse no se acaba nunca. Solo cambia de forma. Y si algo tan simple como un alimento le ha dado eso a mi madre, entonces no puedo hacer otra cosa que celebrarlo con ella.

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