Mi mamá está cerca de los 70 años y últimamente no deja de hablar de un alimento
Mi mamá está cerca de los 70 años y últimamente no deja de hablar de un alimento. La primera vez que lo mencionó, pensé que era una excentricidad más, de esas que aparecen con la edad y la abundancia de tiempo para navegar por internet. Pero cuando repitió el nombre al día siguiente, y luego al otro, y cuando vi sus ojos brillar con la misma intensidad con que hace décadas hablaba de sus plantas, supe que algo diferente estaba pasando.
No es que mi madre sea una persona crédula. Al contrario, es de esas mujeres que han visto suficiente vida como para desconfiar de las modas. Pero hay algo en este alimento que ha tocado una fibra sensible. Lo ha incorporado a su rutina con una disciplina que yo no le había visto desde que trabajaba. Todas las mañanas, una porción. Todas las noches, otra. Y cuando habla de él, lo hace con la convicción de quien ha encontrado una pieza que le faltaba en el rompecabezas de su salud.
El alimento en cuestión no es exótico ni costoso. Está en cualquier supermercado, y probablemente en muchas despensas. Quizás por eso me llamó tanto la atención: ¿cómo algo tan común podía generar tanta fascinación? Lo que he visto en mi madre es una relación renovada con su cuerpo. Se mueve con más soltura, duerme mejor, y su energía ha mejorado. No sé si es el alimento, el ritual de tomarlo o la ilusión de cuidarse. Probablemente es una combinación de todo.