Mi nivel de azúcar en sangre ha bajado y he recuperado mi energía.
Durante años, me levantaba cada mañana sintiéndome como un trapo viejo. Necesitaba dos o tres tazas de café solo para funcionar, y después del almuerzo me daba ese bajón terrible que me obligaba a sentarme o incluso a echarme una siesta. Además, las piernas me pesaban, la mente se me nublaba y notaba una sed constante que nunca lograba calmar del todo. Mi médico me dijo que mis niveles de azúcar en sangre estaban en el límite alto, rozando la prediabetes. Y yo, como muchos, pensé que eso era irreversible o que tendría que llenarme de pastillas.
Pero decidí probar algo diferente antes de rendirme. Comencé a cambiar pequeños hábitos, nada drómatico ni extremo. Lo primero fue reemplazar el pan blanco del desayuno por un puñado de nueces y una manzana. Luego, empecé a añadir canela en polvo a mi café y a mis infusiones, porque había leído que ayuda a mejorar la sensibilidad a la insulina. También eliminé los jugos de frutas industriales (que son pura azúcar líquida) y los cambié por agua con rodajas de limón o pepino.
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