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A lo largo de los años, familiares, cuidadores y profesionales de la salud han contado experiencias relacionadas con un olor particular que algunas personas perciben cuando alguien se encuentra gravemente enfermo o en las últimas etapas de su vida.
Para quienes acompañan a un ser querido durante esos momentos, cualquier cambio puede resultar inquietante. La respiración puede hacerse diferente, la piel puede cambiar de temperatura, disminuye el apetito y, en algunos casos, también puede aparecer un olor corporal que antes no estaba presente.
Esto ha llevado a muchas personas a preguntarse si realmente existe un “olor de la muerte” y si puede utilizarse como una señal de que el fallecimiento está cerca.
La respuesta de la medicina es más compleja.
No existe un olor único, universal y científicamente comprobado que permita saber cuándo una persona va a morir. Sin embargo, cuando el organismo atraviesa una enfermedad avanzada, una infección grave, una deshidratación importante o una disminución considerable de la función de determinados órganos, pueden producirse cambios metabólicos y físicos capaces de modificar el olor del aliento, la piel o los fluidos corporales.
Comprender estos cambios puede ayudar a familiares y cuidadores a afrontar la situación con menos miedo y más información.